Ardillas, club de senderismo - 13/3 Castellón-San Juan de Peñagolosa
Ardillas, club de senderismo
Boletín de Marzo de 2006
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Entre nosaltres
Avance de actividades
5/3 Cima del mes: Peñaescabia
5/3 Alfondeguilla - Eslida
8/2 Andes, Patagonia de Argentina y Chile
11-12/3 GR 66 Cueva del Hierro-Vega del Codorno
12/3 Chóvar
19/3 GR 7 Culla - Ares del Maestre
25/3 Les Rodanes
26/3 PRV-187 Aras de los Olmos
13/3 Castellón-San Juan de Peñagolosa
22-29/7 Multiaventura en Andorra
I concurso de fotografía
¿Porque soy ardilla?
  13/3 Castellón-San Juan de Peñagolosa

Avance de actividad: Sábado 13 de mayo
[Esteban Cuéllar 649 216 248]
Actividad abierta
Ardys:1 Km. 66
Dificultad Muuuy aaaalta
Plaza de Maguncia (06:00 horas)


Esta actividad que aquí se propone es para sólo unos pocos locos que quieran poner a prueba sus piernas, sus pulmones, su mente y mucha, mucha ilusión. Porque todo eso y algo más nos va ha hacer falta para poder llevar a cabo esta marcha, que año tras año bate número de participantes. La prueba, una de las más duras que se realizan en España, se lleva a cabo en la provincia de Castellón y consiste en ascender desde la capital de La Plana hasta el santuario de San Juan de Peñagolosa. Son 65 km, o sea, más de una maratón y media, con 2.500 m de desnivel acumulado y un plazo máximo de 15 horas para llegar a la meta. Ante la insistencia de varios socio del club, este año vamos a participar en ella. Si llegamos arriba o no sólo lo sabremos el 13 de mayo, día del evento. Aún es pronto y todavía no podemos anticipar lo que cuesta la inscripción, pero si quieres participar debes apuntarte ya en el club y en cuanto sepamos algo te lo diremos. Yo he tenido la satisfacción de haber participado en esta locura en dos ocasiones, y las dos veces pude llegar a San Juan. De aquello me ha quedado un buen recuerdo y una crónica que se fue forjando a lo largo de la primera, mientras caminaba en mi soledad contra la distancia y el reloj. Dicha crónica se publicó en este boletín por aquellas fechas. Ahora lo rememoro de nuevo. Decía así:

LA SUBIDA DEL INFIERNO

La luna llena bañaba con su débil luz la ciudad de Castellón. Las agujas del reloj marcaban las cinco en punto. A la plaza de Teodoro Izquierdo iban acudiendo centenares de chiflados, alguien dijo 700. Todos veníamos dispuestos a cumplir un loco empeño; se trataba de recorrer caminando los 63 km que separan Castellón de La Plana del santuario de San Juan de Peñagolosa. Llamar a aquella loca aventura “subida a San Juan” era un total desatino, pues más justo sería denominarla “la subida del infierno”. Pero para batir estos 63 km no disponíamos de un tiempo ilimitado, sino de un máximo de 15 miserables horas. Un pequeño grupo de ardillas nos habíamos convertido en “paladines” voluntarios del club. Teníamos una misión que cumplir y no era otra que al menos uno pudiera subir consigo el estandarte de Ardillas. Lucharíamos contra la distancia, contra la altitud, contra el sofocante sol y contra todo aquello que nos saliera al frente. Y si nos tocaba perder lo haríamos con dignidad, mas si nos tocaba vencer lo haríamos con humildad. El reloj marcó las seis y alguien dijo “adelante”. Y como caballos desbocados emprendimos, unos 700 chiflados, el camino hacia el infierno. Miré hacia la luna y le pedí que me infundiera las fuerzas necesarias para acometer sin desmayo mi dura y penosa tarea. Poco después comenzó un soberbio amanecer que mitigaba gradualmente la noche para convertirla en día. Pronto las primeras cuestas nos salen al frente, el corazón se acelera. El esfuerzo me nublaba la razón, pues creí ver en las alturas y medio oculta tras las nubes a la luna. Hoy, ella no pensaba orbitar sobre la Tierra. ¿Cómo explicarían luego los astrónomos que aquel nueve de mayo la luna quedó paralizada en el cielo? Pero para
qué explicar lo inexplicable, al fin y al cabo en el Hemisferio Sur tan solo un puñado de románticos enamorados la habían echado de menos, los demás ni se enteraron. Loma tras loma, cerro tras cerro, monte tras monte, sierra tras sierra íbamos conquistando terreno. Las horas parecían transcurrir con rapidez, mientras los kilómetros lo hacían con tremenda lentitud. El reloj marcaba las seis y cinco de la tarde cuando, al salir de una pronunciada curva, vi a una centena de metros el campanario de San Juan. Entonces comprendí que en algún lugar del camino debí equivocar el sendero, pues aquello no era el infierno, sino el mismísimo cielo. Miré a lo alto y lancé una acción de gracias a un lugar confuso e incierto en el espacio y el tiempo. Habíamos vencido. 63 km de distancia, 2.500 metros de altitud acumulada, todas mis energías quemadas y tres kilos de mi persona quedaban ahora atrás. Habíamos cumplido la misión. Aquella noche la luna contemplaría desde las alturas varios estandartes ondear al viento sobre los sólidos muros del santuario de San Juan. Su mirada se detendría en uno muy especial; éste era de paño verde claro y en su centro se podía observar, con claridad, el relieve de una pequeña ardilla bordada.


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