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El Roque de los Muchachos: una puerta al cielo
8 de agosto de 2005, 7 de la tarde. Tras una larga y agotadora jornada llegamos todos al Roque de los Muchachos, el punto más alto de la isla de La Palma, la isla bonita o la isla verde de las Canarias. Fueron 2.426 metros de desnivel y un día largo, pero que yo, y creo que todos los demás, recordaremos durante años.
Éramos pocos, solamente seis, y aún estuvimos en un tris de ser menos a la hora de la salida. Un pescador que bajaba temprano a bucear se rió en nuestra cara cuando alguien le dijo lo que íbamos a hacer: subir al Roque de los Muchachos desde la playa. Cuando estaba riendo tan a gusto, se puso serio y recalcó: “Que no, que no llegáis”. Alguno dudó ante tal afirmación, pero al final todos nos pusimos en marcha hacia la cima.
Comenzamos a caminar en la Fajana, ya en la costa de la isla, prácticamente después de las primeras luces, a las 8 de la mañana. El día estaba nublado, aunque eran nubes costeras enganchadas a la isla por el monteverde. Por eso, era preferible pasar la zona costera de cardones y tabaibales, ambientes áridos y cálidos de la costa, lo más rápidamente posible, de forma que el sol nos encontrase ya en el monteverde o laurisilva. Pero antes de llegar a la sombra vivificante de la laurisilva, tuvimos que subir hasta la aldea de El Tablado, por un camino de herradura bien conservado, el antiguo Camino Real de la costa, ahora revivido como GR-131, y que en aquella zona salva los espectaculares desniveles de los acantilados de Guelguén, reserva natural especial.
Ya en El Tablado, dejamos el GR-131 por una variante del sendero de pequeño recorrido LP-9. Poco después entramos en el monteverde, lugar paradisíaco, incluso sin la espectacularidad del bosque de Los Tiles, declarado reserva de la Biosfera. El camino seguía ascendiendo sin cesar, aunque con algún suave descenso, más que nada para subir después un poco más. Así llegamos hasta la aldea llamada Roque del Faro, lugar en el que el monteverde cambia y se transforma en un hermoso pinar, la Reserva Natural Integral del pinar de Garafía. Desde esta aldea ya pudimos ver algunos de los telescopios del Roque de los Muchachos y que, cual faros en el horizonte, nos señalaban el lugar al que habíamos de arribar. Dejamos entonces la variante seguida para enlazar con el trazado principal del sendero LP-9, que nos subiría sin muchos rodeos hasta el mirador de Los Andenes, en la crestería de la Caldera de Taburiente.
El comienzo de la senda a través del pinar era suave, pero ya no había nubes que ocultasen el sol, sólo la sombra de los impresionantes pinos canarios que alzaban sus majestuosos fustes hacia el cielo. Así que todos deducimos que íbamos a pasar calor sin remedio.
En el barranco de los Hombres paramos a comer algo, que ya se sabe que al mar y a la montaña hay que salir bien comidos. El camino seguía subiendo sin tregua, pero a partir de este momento lo hacía remontando una inmensa lomada, que a modo de costilla de la Caldera separaba sendos barrancos a ambos lados. La pendiente se incrementó y los pinos ya no eran tan frondosos y tupidos como más abajo. Lo peor llegó cuando nos dimos cuenta de que la lomada, y por consiguiente también el sendero, se utilizaba ¡como cortafuegos! Como el calor apretaba fuerte, las paradas se hicieron más frecuentes en las pocas sombras, frescas y ventiladas por otro lado, que encontrábamos a nuestro paso. En el barranco de los Hombres me había quedado rezagado, comiendo, claro. Cuando ya alcancé al grupo, me llamaron la atención dos figuras que caminaban bajo sendos paraguas a modo de sombrillas. Parecían excursionistas de hace dos siglos, estrambóticos dandis de la nobleza. Pero no, eran Manolo y Ellen, bien preparados para cualquier avatar climatológico que les aceche en la montaña.
Fue ésta la parte más dura de la jornada, larga, empinada y con un sol de justicia sobre nosotros. Veíamos la cima cerca, pero al mismo tiempo nos dábamos cuenta de lo que nos supondría en tiempo: varias horas más.
Y así, poco a poco fuimos llegando al final de aquel lomo infernal, hasta dar casi de bruces con la carretera y el mirador de Los Andenes. El fondo de la Caldera de Taburiente a abría ante nosotros en un paisaje inigualable.
Ya teníamos a la vista el Roque de los Muchachos, y hacia allá nos dirigimos raudos, presos de una fuerza renovada tras superar lo peor y tener al alcance de la mano nuestra meta. Sin embargo, nuestro espíritu flaqueó de nuevo al percatarnos de que hasta el Roque el camino no era uniforme. Tres bajadas salvajes con sus correspondientes subidas se interponían entre nosotros y nuestro objetivo. Aminoramos entonces el paso, agachamos la cabeza y apretamos los dientes, sabedores de lo cerca que estaba nuestro anhelado fin tras una larga jornada caminado desde la playa hasta la cumbre de la isla bonita, allá donde casi se toca el cielo…
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